MinimaL

El deseo de poder ensimismarse en la música hasta el punto de abandonarse completamente a la magia de una armonía, a la fuerza de un ritmo, a una constelación tímbrica fascinante, lo conocen bien todos los que se dedican a ella. Es una especie de latente tentación de disfrutar con mayor intensidad aún del placer sensual que nos produce lo que oímos, intentando eternizar ese estado prolongándolo indefinidamente mediante la repetición constante. A finales de la década de 1960 y principios de los 70 surgió en Estados Unidos una corriente de compositores que apostaron por hacer realidad ese deseo. Tomando prestado un término de las artes plásticas (minimal art), los representantes de la minimal music (principalmente La Monte Young, Terry Riley, Steve Reich y Philip Glass) se erigieron en una especie de segunda oleada del futurismo musical, un futurismo no ya tan enfocado en los avances mecánicos e industriales como en los ordenadores y la informática digital, que se deleita en la alegría que produce la satisfacción de poder desarrollar una secuencia musical de gran extensión a partir de un material muy limitado mediante la permutación, reducción, desplazamiento o superposición.

[descarga aquí el dossier en pdf]

 

Anuncios